Por qué tiembla tanto en la Ciudad de México
La Ciudad de México se levanta sobre el lecho seco del antiguo lago de Texcoco, una capa de arcilla blanda que amplifica las ondas sísmicas de un modo que sorprende a quien no lo sabe: un temblor que apenas se siente en la costa puede sacudir con fuerza un piso alto de la capital, a cientos de kilómetros del epicentro. La mayoría de los sismos que se sienten aquí nacen en la zona de subducción frente a Guerrero, Oaxaca y Michoacán, donde la placa de Cocos se hunde bajo la norteamericana. El terremoto de 1985, con epicentro en esa misma franja, cambió los reglamentos de construcción de la ciudad.
Temblar es parte de la vida cotidiana en la capital, aunque la mayoría de los sismos pasan sin que nadie los note fuera de las estaciones sismológicas. Ciudad de México registra movimientos leves casi cada semana, y los residentes distinguen sin esfuerzo entre un temblor pequeño que apenas mece una lámpara y uno que vale la pena tomar en serio. La memoria colectiva gira en torno a dos fechas que coincidieron con el mismo día del calendario: el terremoto de 1985 y el de 2017, ambos un 19 de septiembre. Esa coincidencia, más que superstición, explica por qué esa fecha concreta se convirtió en el día oficial del simulacro nacional.
Cómo suena la alerta y cuánto avisa
La alerta sísmica de la Ciudad de México suena por altavoces repartidos por toda la ciudad: un tono agudo y repetitivo, seguido de una voz grabada que dice 'alerta sísmica' varias veces. El sistema, llamado SASMEX, usa sensores en la costa del Pacífico que detectan las primeras ondas de un sismo, más rápidas y menos dañinas, y envían la señal antes de que lleguen las ondas fuertes. Cuando el epicentro está frente a Guerrero u Oaxaca, esa diferencia de velocidad da a la capital entre sesenta y noventa segundos de aviso, tiempo suficiente para bajar por la escalera con calma.
Ese margen de sesenta a noventa segundos no es la norma en todos los casos, y ahí está la parte que conviene entender antes de sorprenderse en el momento. Los sismos con epicentro más cercano a la ciudad, como el de 2017 en el límite de Puebla y Morelos, dan mucho menos tiempo porque las ondas viajan una distancia corta. La alerta puede sonar apenas unos segundos antes de que empiece a temblar, o directamente no sonar si el sismo se origina bajo la propia ciudad. Por eso ninguna guía recomienda esperar el sonido de la alarma para reaccionar: si se siente el movimiento, se actúa de inmediato.
El simulacro del 19 de septiembre
El 19 de septiembre es, desde hace años, el día del simulacro nacional de protección civil, y la fecha no es casualidad: coincide con el aniversario del terremoto de 1985 y, por una coincidencia que nadie planeó, con el del sismo de 2017, que ocurrió apenas horas después de que ese mismo año se hiciera el simulacro anual. Esa doble fecha convirtió el 19 de septiembre en un día cargado de significado para la ciudad, y desde entonces la alarma suena de manera programada por la mañana en oficinas, escuelas, hospitales y edificios de gobierno de toda la capital, aunque no haya ningún sismo real en curso.
Para quien esté hospedado en la ciudad ese día, el simulacro es una demostración práctica más útil que cualquier folleto. La alarma suena a una hora anunciada, el personal del hotel guía a los huéspedes por las escaleras hasta un punto de reunión en la calle, y el ejercicio completo suele tardar entre quince y veinte minutos. No hay nada que temer ni que resolver: es el único momento del año en que se puede comprobar, sin presión real, cuál es la ruta de salida del piso propio y dónde queda el punto de encuentro. Vale la pena participar en vez de quedarse en la habitación viendo el reloj.
Qué hacer durante el temblor
Durante el temblor, lo que salva es protegerse, no correr. La recomendación de protección civil es alejarse de ventanas y objetos que puedan caer, buscar el hueco de una puerta interior o el ángulo entre dos muros de carga, o cubrirse bajo un mueble resistente si lo hay cerca, y proteger siempre la cabeza y el cuello con los brazos. Bajar corriendo por una escalera mientras el edificio se mueve es más peligroso que quedarse quieto en un buen lugar, y usar el elevador durante o después de un sismo está descartado en cualquier circunstancia, porque puede quedar atrapado entre pisos si se corta la energía.
Cuando el movimiento termina, la salida se hace caminando, no corriendo, por las escaleras y hacia el punto de reunión que cada hotel o edificio tiene señalado. No conviene regresar por el pasaporte ni por ninguna otra pertenencia, porque las réplicas pueden llegar minutos después del sismo principal y suelen ser más fuertes de lo que se espera. Una vez fuera, hay que mantenerse alejado de fachadas, cables y balcones hasta que el personal confirme que el edificio no tiene daños estructurales. Volver a entrar a la habitación antes de esa confirmación es el error que provoca la mayoría de las lesiones posteriores a un sismo.
Qué revisar si te hospedas en un piso alto
El terremoto de 1985 obligó a reescribir el reglamento de construcción de la ciudad, y las revisiones posteriores a 2017 lo endurecieron todavía más. Un hotel construido o renovado en las últimas décadas, con estructura de concreto reforzado y cumplimiento de la normativa vigente, es razonablemente seguro en casi cualquier piso, incluido uno alto. El piso en sí importa menos que la fecha y la calidad de la construcción: preguntar en recepción cuándo se levantó el edificio da más información útil que preocuparse por si el cuarto está en el octavo piso o en el segundo.
Lo práctico, más allá del edificio, es hacer un reconocimiento propio al llegar: localizar la escalera de emergencia más cercana a la habitación, contar cuántos pisos hay que bajar y dejar el calzado y el teléfono a mano de la cama, no en el fondo de la maleta. Un octavo piso tarda más en evacuarse que uno bajo, y eso es completamente normal, no una señal de peligro. Durante el simulacro de septiembre, si coincide con la estancia, conviene participar precisamente por eso: es la única ocasión del año en que se practica esa misma ruta sin ninguna presión real.
Los errores que se repiten
El error más común es restar importancia a la alerta después de haber escuchado un par de falsas alarmas o sismos que no se sintieron con fuerza; el sistema tiene fallos ocasionales, pero ignorarlo por sistema es apostar en contra de las probabilidades. El segundo es correr al balcón para grabar un video en cuanto empieza a temblar, cuando ese es precisamente el lugar con más riesgo de caída de objetos y vidrio roto. El tercero es asumir que el clásico marco de una puerta protege igual en cualquier edificio: en construcciones modernas de concreto reforzado no ofrece ninguna ventaja real sobre alejarse de ventanas y cubrirse la cabeza.
El cuarto error, muy propio de quien viaja, es dar por hecho que un hotel caro incluye una garantía tácita de seguridad estructural, cuando en realidad depende del edificio y no de la tarifa. El quinto es comparar el sismo con la experiencia en el país de origen y decidir, mal, si es grave o no según ese criterio, cuando el suelo de la Ciudad de México sigue reglas propias. El sexto, y el que más lesiones evitables causa, es volver corriendo por el pasaporte o la cámara en cuanto termina el movimiento, en vez de esperar en el punto de reunión hasta que el personal lo confirme.
Lo que siempre preguntan
Estas son las preguntas que suelen surgir apenas se menciona el tema, ordenadas de lo más inmediato a lo más existencial. Cubren el sonido de la alerta, la seguridad de un edificio alto, qué hacer si el temblor sorprende en la calle o en el metro, y si vale la pena preocuparse antes de reservar un viaje. Las respuestas están basadas en el comportamiento real del sistema y de la ciudad, no en la versión dramática que a veces circula fuera de México, ni tampoco en la versión despreocupada de quien lleva años viviendo aquí y ha dejado de prestarle atención a la alarma.
Vale la pena situar el riesgo en su tamaño real antes de cerrar el tema. La Ciudad de México tiembla con frecuencia, pero la inmensa mayoría de esos movimientos pasan sin consecuencias, y millones de personas viven, trabajan y reciben visitantes en la capital cada semana sin que ocurra nada digno de mención. El objetivo de conocer la alerta y el simulacro no es viajar con miedo, sino saber qué hacer durante el minuto que sí importa, que puede no llegar nunca durante una estancia normal de unos días. Es información que se usa una vez cada mucho tiempo, y que conviene tener antes de necesitarla.