Qué se siente exactamente
La Ciudad de México está a dos mil doscientos cuarenta metros sobre el nivel del mar, más alta que cualquier capital europea y bastante más alta que Denver, que es la referencia que suele usar la gente. A esa altitud hay aproximadamente un veintitrés por ciento menos de oxígeno disponible en cada respiración que al nivel del mar. No es una cifra dramática y la inmensa mayoría de los visitantes no tiene ningún problema serio, pero el cuerpo lo nota y lo nota de formas que casi nadie atribuye a la altitud.
Lo típico no es el mal de montaña de los documentales, con náuseas y mareo severo. Es un cansancio raro que aparece a media tarde sin motivo, un dolor de cabeza sordo al final del día, un sueño que no descansa las dos primeras noches, sequedad de nariz y de garganta al despertar, y quedarse sin aire subiendo tres pisos de escaleras aunque uno corra media maratón en casa. Súmese un vuelo largo y un cambio de horario y el resultado es un primer día muy por debajo de lo que se esperaba.
Las primeras cuarenta y ocho horas
El ajuste dura entre veinticuatro y cuarenta y ocho horas en la mayoría de la gente, y lo único que se puede hacer es acompañarlo en lugar de pelearse con él. Beber mucha más agua de la habitual, comer ligero por la noche, moderar bastante el alcohol y no programar absolutamente nada exigente el primer día resuelve el noventa por ciento de los casos. No hace falta medicación ni preparación especial para dos mil doscientos metros; hace falta bajar el ritmo durante dos días y aceptar que el viaje empieza el tercero.
El error de planificación más común, con diferencia, es reservar la excursión más dura para la mañana siguiente al aterrizaje. Teotihuacán, con sus tres kilómetros de calzada al sol y las escaleras empinadas de las plataformas, es exactamente lo que no conviene hacer el día dos con el desfase horario todavía encima y el cuerpo sin ajustar. Moverlo al día tres o al día cuatro no cuesta absolutamente nada, no altera el resto del itinerario y cambia por completo cómo se recuerda esa visita.
La otra mitad del problema: el aire
La altitud no viene sola en esta ciudad, y conviene contarlo entero. La Ciudad de México está en un valle cerrado por montañas y sufre inversiones térmicas que atrapan la contaminación a nivel de calle, sobre todo durante la temporada seca. De marzo a mayo es cuando se declaran más episodios de mala calidad del aire, y en los peores días las autoridades activan restricciones de circulación y recomiendan reducir la actividad física al aire libre. No es la norma diaria, pero ocurre varias veces cada año y conviene saberlo antes.
Para un visitante sano, el efecto práctico es menor y perfectamente asumible: algún día con la garganta irritada, los ojos secos y la vista del valle borrosa desde cualquier azotea. Para alguien con asma o con problemas respiratorios crónicos, en cambio, es un factor real a tener en cuenta al elegir el mes del viaje. La temporada de lluvias, de junio a septiembre, tiene el aire notablemente más limpio porque la tormenta diaria lava la atmósfera; el precio es que llueve casi todas las tardes.
Quién debería consultarlo antes de viajar
Para la gran mayoría de los viajeros, dos mil doscientos metros no requieren ninguna precaución médica ni ninguna preparación previa. Pero hay perfiles concretos en los que sí conviene una conversación breve con el médico de cabecera antes de comprar el billete, y esa conversación es rápida y barata comparada con descubrir el problema a seis mil kilómetros de casa. Esta página no es consejo médico y no sustituye esa consulta bajo ningún concepto; sólo señala en qué casos tiene sentido pedirla antes de viajar.
Conviene además saber que el viaje típico por el centro del país no se queda en dos mil doscientos metros ni mucho menos. Toluca está a dos mil seiscientos sesenta, el paso de carretera hacia Puebla cruza por encima de tres mil, y quien decida subir al Nevado de Toluca o al Ajusco en una excursión de día pasa de los cuatro mil metros. Esas excursiones concretas sí son otra cosa completamente distinta y merecen preguntarse aparte, con nombre y altitud sobre la mesa.
Las altitudes de la ruta típica
Casi todos los itinerarios del centro de México se mueven entre mil setecientos y dos mil seiscientos metros, y el orden en el que se recorren importa bastante más de lo que parece. Empezar en la capital, seguir en Puebla y terminar en Querétaro o en Guanajuato es un descenso suave y progresivo que el cuerpo agradece; el recorrido inverso, con la altitud máxima al final y quince días de viaje acumulados encima, se nota bastante más en las piernas y en el sueño.
También ayuda saber cuál de las visitas famosas está realmente alta y cuál no lo está. Teotihuacán está algo más bajo que la propia ciudad, y el esfuerzo allí es de sol, polvo y escaleras, no de aire enrarecido. Puebla y Cholula están ligeramente por debajo de la capital. La única subida seria de un itinerario clásico del altiplano es el paso de montaña entre la Ciudad de México y Puebla, y se cruza cómodamente sentado en un autobús con aire acondicionado.
Los errores que se repiten
Casi ningún visitante tiene un problema médico con la altitud de la capital, y conviene decirlo antes que nada para no alarmar a nadie. Lo que sí tiene muchísima gente es un primer día malo, y casi siempre por las mismas cuatro razones: llegar de noche después de doce horas de vuelo, salir a cenar fuerte y tarde, beber alcohol como en casa y tener reservada una excursión a las siete de la mañana siguiente con recogida en el hotel.
Hay un quinto error menos evidente y muy frecuente: interpretar mal las señales. La gente atribuye el cansancio al vuelo, el dolor de cabeza a la deshidratación del avión y el mal sueño al desfase horario, y sigue forzando el ritmo como si no pasara nada. Reconocer que es la altitud cambia la decisión: en lugar de tomarse un café y salir, se descansa dos horas y se recupera la tarde entera. La diferencia entre las dos opciones se nota el resto de la semana.
Lo que siempre preguntan
Seis dudas concretas sobre la altitud de la capital, respondidas sin dramatizar y sin restarle importancia, que son los dos extremos habituales en internet. Están ordenadas de la más práctica a la más específica, y la última compara la capital con los otros dos destinos que suele haber en el mismo itinerario, porque el contraste ayuda a entender qué parte del cansancio es altitud y qué parte es sencillamente viajar mucho.
Falta una pregunta que merece respuesta aunque no se formule casi nunca: cuánto tarda el cuerpo en desacostumbrarse al volver a casa. La respuesta es que muy poco, y en general de forma agradable. Bajar al nivel del mar después de una semana a dos mil doscientos metros produce durante unos días una sensación de energía extra que los deportistas conocen bien. Es el único efecto secundario del viaje del que nadie se queja, y dura entre dos y tres semanas.