Una ciudad dentro de un hexágono
San Francisco de Campeche está en la costa del Golfo, del lado tranquilo de la península de Yucatán, y la UNESCO la inscribió en 1999 como ciudad histórica fortificada. Lo que se protege es un conjunto poco común: un centro colonial completo rodeado por lo que queda de un anillo amurallado de planta hexagonal, con ocho baluartes y dos puertas, la Puerta de Tierra y la Puerta de Mar. Buena parte de los lienzos de muralla se demolieron en los siglos XIX y XX, cuando la ciudad quiso crecer, así que hoy el anillo está roto.
Dicho eso, lo que sobrevive es sustancial y perfectamente legible: tramos largos de muro, los ocho baluartes en pie y las dos puertas enfrentadas. Dentro hay una retícula de calles rectas con casas coloniales bajas, de una o dos plantas, pintadas en ocre, azul, rosa y verde limón en tonos planos, sin degradados ni sombras. La restauración ha sido tan completa que el resultado es genuinamente bonito y a la vez ligeramente irreal, como una maqueta a escala uno a uno. Es la impresión que se lleva casi todo el mundo el primer día.
Piratas primero, murallas después
La ciudad fue fundada en 1540 por Francisco de Montejo el Mozo, sobre un asentamiento maya anterior, y se convirtió en el único puerto serio de toda la península. Por ahí salían el palo de tinte, la cera y la sal, y por ahí entraba lo que llegaba de Europa. Ese monopolio la volvió rica y, exactamente por lo mismo, un objetivo evidente. Durante el siglo XVII fue asaltada y saqueada varias veces por flotas de corsarios y piratas que operaban en el Golfo y el Caribe, con episodios que dejaron la población diezmada y la ciudad ardiendo.
La respuesta de la Corona fue costosa y tardía: un anillo amurallado construido aproximadamente entre 1686 y 1704, con planta hexagonal, ocho baluartes en los vértices y dos puertas. Los baluartes se llaman San Carlos, La Soledad, Santiago, San Juan, San Pedro, San Francisco, Santa Rosa y San José. Más tarde se sumaron dos fuertes en las lomas que dominan la ciudad, San Miguel y San José el Alto, pensados para batir a los barcos antes de que llegaran. Cuando la amenaza pirata desapareció, la muralla pasó de defensa a estorbo urbano.
Qué se hace en día y medio
La visita se organiza sola porque la geografía es sencilla: la Puerta de Tierra en un extremo, la Puerta de Mar en el otro y la plaza principal con la catedral en medio. Desde la Puerta de Tierra se sube al adarve y se camina un tramo de muralla, que es la mejor manera de entender la planta hexagonal. Varios baluartes alojan museos pequeños, de una sala o dos: arquitectura militar, botánica, piezas coloniales. Ninguno pide más de media hora, y encadenar tres o cuatro es exactamente el ritmo que la ciudad admite sin cansar.
La otra mitad de la visita está fuera de las murallas. El Fuerte de San Miguel, en una loma al suroeste, guarda un museo de arqueología maya notablemente bueno, con máscaras de jade procedentes de Calakmul que justifican el trayecto por sí solas. San José el Alto, del otro lado, tiene menos colección y mejores vistas. Por la tarde queda el malecón, que es un paseo largo junto al agua donde la ciudad sale a correr y a sentarse, y por la noche el espectáculo de luz y sonido de la Puerta de Tierra.
Lo que cuesta ver la ciudad
Campeche es barata de visitar porque casi todo lo bueno es una entrada pequeña o directamente gratis. Los museos de los baluartes y los dos fuertes costaban entre 20 y 90 pesos por persona en 2025, es decir de uno a cinco dólares según el sitio, y ninguno se acerca al precio de una zona arqueológica grande. Caminar el centro, cruzar las dos puertas, sentarse en la plaza y recorrer el malecón entero no cuesta nada. Lleva efectivo en billetes pequeños: varias taquillas son mostradores modestos sin terminal bancaria.
Los gastos que sí conviene prever son de transporte. El Fuerte de San Miguel está en una loma a las afueras y subir caminando con calor es mala idea, así que se toma un taxi de trayecto corto. Desde Mérida, el autobús de línea tarda unas tres horas y es el modo habitual de llegar. El espectáculo de luz y sonido de la Puerta de Tierra tiene su propio boleto y no se hace todas las noches, así que conviene confirmar el día y el horario en el mismo lugar por la mañana.
Calor, nortes y temporada de huracanes
La mejor ventana va de noviembre a marzo, cuando la humedad afloja y se puede caminar el centro a media mañana sin sufrir. Diciembre y enero son los meses más cómodos del año, con noches frescas en el malecón y una luz baja que le sienta bien a las fachadas pintadas. En esos meses entran también los nortes, frentes de viento que traen un par de días grises y encrespan el agua, pero que pasan rápido y no arruinan un plan de dos noches en la ciudad.
De abril a septiembre el calor y la humedad son pesados de verdad, con tardes en las que la calle se vacía sencillamente porque no se puede estar fuera. La temporada de huracanes va de junio a noviembre y aunque los impactos directos aquí no son frecuentes, las lluvias fuertes y los avisos meteorológicos sí lo son en esos meses. Si vienes en verano, la única estrategia que funciona es la local: calle a primera hora, comida larga, siesta y salir otra vez a partir de las seis de la tarde.
Los errores que se repiten
El error más común es de duración. Campeche seduce en las fotos y mucha gente le reserva cuatro noches, que es aproximadamente el doble de lo que la ciudad puede sostener. El centro amurallado se agota en día y medio, los museos son pequeños y no hay un segundo barrio histórico esperando detrás. Quien alarga la estancia sin usarla como base para Calakmul o para la ruta Puuc termina dando vueltas por las mismas seis calles y concluyendo, injustamente, que el sitio estaba sobrevalorado desde el principio.
El segundo error es venir con expectativa de costa caribeña. Esto es el Golfo: el agua es somera, parda y no se baña nadie, y el malecón es un paseo urbano estupendo que no sustituye a una playa. El tercero es de horario. En verano, caminar el centro entre la una y las cuatro de la tarde es una manera segura de odiar la ciudad; la solución no es un sombrero mejor, es adoptar el reloj local y salir temprano y otra vez al caer el sol.
Preguntas que llegan siempre
Las dudas sobre Campeche se repiten con una constancia notable: cuántos días, si se puede nadar, si sirve de base para Calakmul y si la muralla se camina entera. Las respuestas cortas son día y medio, no, sí y no. Ninguna de ellas resta valor a la ciudad, pero todas cambian la forma de planear la parada, y es mejor saberlas antes de reservar tres noches de más en un sitio que se recorre en una tarde larga y una mañana tranquila. Ninguna de las cuatro depende de la suerte ni del clima: son datos fijos de la ciudad.
La pregunta de fondo es qué papel juega Campeche dentro de un viaje por la península. La respuesta honesta es que funciona mejor como bisagra que como destino final: dos noches entre Mérida y el sur, con la ciudad amurallada por la tarde y Calakmul o la ruta Puuc al día siguiente. Puesta en ese lugar del itinerario, es una de las paradas más agradables del sureste. Puesta como estancia larga de playa, decepciona a casi todo el mundo que la elige así, y la decepción dice más del itinerario que de la ciudad.